PONCHOS JESUÍTICOS

Por: Enrique Taranto

EL CHASQUE surero Nº 82 – Agosto de 2001

En el mundo incaico, la producción textil era cuantiosa pero no solventaba las necesidades de la nueva sociedad formada a raíz de la conquista. Las piezas se tejían una a una y su calidad y forma no se adecuaba al sistema occidental donde la vestimenta se basa en el corte y confección cuyo material se obtiene de piezas totalmente uniformes, tejidas por varas. La alternativa era la importación de Europa o la implantación de centros textiles de tipo occidental. Se optó por lo segundo, admitiendo un comercio de ultramar que proveía las telas de lujo como casimires de Inglaterra, encajes de Flandes, gasas de Francia, rasos y brocados de Italia y paños de Castilla, en tanto que el grueso de la producción se hizo en América.

El primer obraje textil establecido por la Compañía de Jesús data de 1545, sólo cinco décadas después de la llegada de Colón a tierra americana.

Los padres jesuitas eligieron para su obra fundacional el pueblo de Sapallanga, situado en el valle de Jauja, en el Perú, y se extendieron por toda la América española hasta su expulsión, decretada y efectivizada en 1767.

No es caprichoso que estos establecimientos fueran concebidos para la producción textil ni que se multiplicaran, pues vinieron a subvenir a las necesidades de los pobladores del nuevo mundo, acrecentadas por sucesivas leyes emanadas de las Cortes de Valladolid.

En 1548, por ejemplo, se prohíbe a las colonias de América la compra de géneros ultramarinos para que la demanda no encareciera estos productos en la península ibérica.

Un año más tarde, para que no se produjera un flujo comercial inverso hacia España, se prohíbe la fabricación de paños más finos que veinticuatrinos, y en 1552 se prohíbe la salida de España de frisas, sayales o “cosa hilada de lana”.

En estos obrajes, los telares eran del tipo español, de pedales, aptos para tejer piezas de hasta una vara de ancho por unas ciento veinte varas de largo.

Estos telares fueron alimentados con todo tipo de hilado que se produjera en cantidad suficiente como para la producción en serie. Así es como fabricaron telas de algodón, de lana de oveja, de alpaca y de hilados mixtos.

Los ponchos se fabricaban utilizando piezas de una ancho de entre 20 y 30 cm. Se formaban dos paños uniendo tres bandas enfrentadas en espejo; a veces se los cosía longitudinalmente en el centro dejando el espacio para la boca, otras, se tejía una banda central con la boca formada por tejido con trama discontinua.

Las calidades y variedad de diseños son importantes, yendo de los más sencillos, de telas listadas, a los medianamente complejos, con paños laterales de telas listadas y banda central de tejido de labor de falsa doble faz, culminando con los de mayor riqueza artesanal, nacidos de una pieza de tela totalmente laboreada. Eso sí, siempre repitiendo la secuencia del diseño.

Invariablemente llevaban dobladillo en ambos extremos y fleco perimetral. Suponemos que esta técnica ha influenciado grandemente la tejeduría del Noroeste argentino.

Aunque después de 1767 muchos obrajes fueron abandonados, otros, principalmente en la región andina, continuaron su labor, dirigidos por americanos laicos, pero, en lo atinente a esta zona, la actividad cesó casi por completo en 1781, en ocasión del levantamiento indígena de Amaru y Katari.

Como corolario, podemos inferir que, exceptuando algunos de gran calidad, los ponchos “jesuíticos” no son en sí una gran pieza textil, habida cuenta de su producción cuasi industrial, pero acrecienta su valor la antigüedad de más de dos siglos, certificada por la Historia.

LOS OBRAJES JESUÍTICOS

La producción de estos establecimientos era principalmente textil, pero en algunos se daba la fabricación diversificada según la necesidad o la demanda de las poblaciones vecinas; mejor dicho, de sus mercados.

El número de operarios de cada obraje tenía relación directa con la cantidad de telares instalados. Estos obreros, entre los que se incluían mujeres, ancianos y niños, eran de dos clases: los voluntarios asalariados y los forzados. Los que prestaban servicio obligatorio podían ser los pertenecientes a comunidades que estaban bajo el régimen de mita o pertenecían a algún encomendero, y los que se encontraban cumpliendo reclusión por delitos comunes o por deudas.

Aunque esta división entre voluntarios y obligatorios pareciera ser clara, no lo era en la práctica porque, con demasiada frecuencia, el patrón se convertía en acreedor eterno mediante adelantos en metálico o en especies, que después era imposible devolver con los salarios mínimos que les pagaban.

Un centro obrajero consistía en uno o más galpones y en algunas galerías con arcos o postes de madera que servían para las labores de hilandería y otros trabajos afines.

El local para el teñido se encontraba en una construcción apartada, al igual que el batán. Éste estaba formado por mazos con los que se golpeaba el tejido para “apañarlo” y asentarlo y como eran generalmente movidos por fuerza hidráulica, el obraje tenía que establecerse en terrenos que contaran con agua corriente.

Ese requerimiento, sumado a la necesidad de contar con un mercado cercano para comercializar la producción, hizo que los establecimientos fueran fundados a la vera de algún río, cerca de una ciudad importante.

El proceso de trabajo era el que sigue:

a) Lavado y separación de la lana.

b) Cardado de la misma.

c) Hilado mediante tornos, a veces complementado con hilado a mano.

d) Ovillado y enmadejado, preparación para urdir o urdido.

e) Teñido de las madejas o piezas, antes o después de “f” según el caso.

f) Tejido en el telar.

g) Enfurtido, que se hacía en el batán (también llamado “abatanado”).

h) Pellado. (Cardado de la lana una vez tejida, con el fin de “sacarle pelo”).

Los chorrillos eran obrajes más pequeños, pero se diferenciaban de éstos, aparte de su tamaño, por carecer de batán y por no pertenecer a un patrón, equivalente al empresario de nuestros días, sino por estar operados por familias que trabajaban en forma comunitaria. Por otra parte, debido a la menor cantidad de operarios, no estaban tan separadas las secciones, por lo que un mismo obrero debía realizar más de una tarea en la cadena de producción.

Estos mini-obrajes llegaron a competir con los grandes, pese a que la calidad de sus productos era notablemente inferior. Debido a ello, los propietarios de obrajes trataron, infructuosamente, de que la corona prohibiera su funcionamiento. Los chorrillos no sólo compitieron con los obrajes: los sobrevivieron.

 

Base Bibliográfica:

GISBERT, Teresa – Arte Textil y Mundo Andino. La Paz.- 1988

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